Allana estaba nerviosa, se adelantó mientras Lía volvía con sus padres. Le dirigió una sonrisa y Allana se la devolvió. Ollivander le dio una varita, ella la agitó y no pasó nada. Ollivander se la quitó y le dio otra, esta vez le dijo de qué tipo era.
- Rígida, veintiséis centímetros, pelo de unicornio.- dijo Ollivander. Allana la agitó y no pasó nada.- Casi.- Allana no comprendía cómo captaba la diferencia, ya que Allana veía todas las varitas iguales.- Espera, creo que tengo una varita perfecta para ti. Ten.- dijo mientras sacaba otra varita.
Allana la cogió, tenía un tacto agradable, sintió un calor en la punta de los dedos que fue extendiéndose por cada milímetro de su cuerpo y llenándola de una sensación de felicidad, como la que sientes cuando te reencuentras con un viejo amigo. Salieron chispitas de la varita, de vivos colores.
- ¡Bingo! Ésta es tu nueva varita, cuídala bien, ¿eh? Veintiocho centímetros, flexible y bonita, pelo de unicornio, encina. Especialista en defensa.
- Guau…
Allana volvió con su hermana con la varita en la mano, brillante y esbelta. Las hermanas se pusieron a mirar la varita de la otra, intercambiándoselas una y otra vez mientras sus padres las pagaban. Se guardaron la varitas y salieron de la tienda de Ollivander. A las hermanas les crujían las tripas, así que decidieron ir la taberna por la que se accedía al callejón, más tarde irían a explorar ampliamente, pero mientras, iban a llenar sus estómagos. Llegaron a la taberna, que en ese momento estaba llena de gente que estaba comiendo. Se sentaron en una mesita, con cinco asientos, en el que sobraba pusieron las bolsas de las tiendas. Sentaba realmente bien sentarse, a decir verdad. Enseguida vino el camarero y les tomó el pedido. Pidieron cuatro filetes, medio hechos, dos normales y dos pequeños. El camarero tomó nota y se marchó a la cocina. Mientras que llegaban, se pusieron a charlar, a hablar de sus varitas y de Hogwarts. Al fin, llegó la comida, tras unos largos minutos aspirando el aroma de un filete asándose. Llegaron en un platito blanco y no muy grande, echando un ligero vapor indicando lo caliente que estaban y con sus correspondientes patatas al ladito. Blandieron los tenedores y devoraron los filetes.
- ¡Ah! ¡Quema!- exclamó Allana, sacando la lengua, roja hasta los topes.
- ¡Pero ten cuidado!- dijo Lía, soplando sin cesar a su trocito de carne.
- Que sí, que sí.- respondió mientras escrutaba una patata frita. Finalmente, le dio un mordisquito.
Esperaron un poco a que se enfriara, no demasiado y empezaron a comer. Todo estaba delicioso, sobretodo con el hambre que tenían. Habían estado recorriendo todo el callejón Diagón, con lo cual, estaban agotadas. Terminaron de comer, sus padres las dejaron ir a jugar fuera. No había mucha gente, pero tenían que volver en diez minutos, o si no, se llevarían una buena reprimenda. Decidieron jugar al escondite.
Mientras Allana contaba, Lía salió corriendo para esconderse por ahí. Llegó a un pequeño callejón y se ocultó tras la pared. Pasaron unos minutos y no oía a su hermana, pero en cambio, oyó unos maulliditos. Buscó con la mirada en origen del ruido, vio un gatito pequeño, intentando salir de una caja a pocos metros de donde se encontraba. Se acercó a toda prisa, a ver el gatito. Era una monada: tenía los ojos azul claro, el pelo un poco largo y muy, muy suave. Era entre blanco y marrón, excepto sus patitas, que eran negras. Miró a Lía, no le podía dejar ahí solo… Se lo tenía que llevar, pero, ¿qué dirían sus padres? Como no había tiempo para remordimientos, cogió al gatito, que maullaba sin cesar. Se calló cuando Lía lo cogió, en lugar de eso, ronroneó.
- Oh, eres adorable… ¿Cómo te voy a dejar aquí? Tú te vienes conmigo.- le dijo en voz baja al gatito.
Se lo acomodó y salió del callejón, vuelta al restaurante. De todas maneras, Allana sabía que se encontrarían allí, así que no había de que preocuparse. Cuando llegó, sus padres ya estaban saliendo del bar y la vieron con el gatito.
- ¡Qué monada!– exclamó su madre.- ¿Dónde lo has encontrado?
- En la calle, estaba solito… Le habían abandonado.- respondió Lía.
- Oh, pobre.-
- ¿Me lo puedo quedar? Porfiiiiiiiiiiiiiii…- dijo Lía, poniendo cara de cachorrito.
- Ay… No sé, mira, ¡pregúntale a tu padre!- exclamó indecisa. Ambas miraron a su padre, esperando una respuesta.
- Un gato es mucha responsabilidad y será mucho trabajo.- contestó.
- Venga, lo cuidaré y lo mimaré, anda, papi…- dijo Lía.
- Tienes que reconocer que es una monada, cariño.- razonó su mujer.
Cogieron al gatito y le pusieron las dos cara de cachorrito y el gato puso una cara de “No me irás a dejar por ahí sólo, ¿verdad?” Ante tanta “presión” acabó por ceder.
- Bueno, vale, pero lo tienes que cuidar.-
- ¡Gracias, papi!- le dio un beso en la mejilla y le acercó el gato, que se puso a acariciarle con la cara.
- Oye, ¿y tu hermana?-
- Oh, pues vendrá enseguida, seguro.
Y así fue, al minuto estaba ya llegando.
- Pero avisa cuando te vas a ir, qué mala dejando a tu hermana sola y…- vio el gatito que Lía tenía entre los brazos. Se le pasó todo el enfado de una vez.- ¡¡Qué mono!! ¡Yo quiero también un gato! No, una gata, no, un gato…
- Sabía que pasaría esto…- dijo su padre, exasperado.
Fueron a la tienda de animales, compraron pienso y una caja de arena.
Mientras Lía compraba las cosas para los gatos con papá, Allana estaba intentando decidirse entre todos los pequeños gatitos de escaparate con su madre.
- ¿Y qué tal este?- propuso su madre.
- No, no para de bufar…-
- Ay, decide ya.-
- Ese.- dijo señalando a una gatita de pelo gris con rayas.
- ¿Segura?
- Completamente.
- Bueno, vale, cógela anda.
La cogió con cuidado, era una bolita de pelo con ojos. Fueron hasta el mostrador, la gata ya era suya oficialmente. Estaba atardeciendo, ya era hora de marcharse, aunque nadie se esperaba irse con dos pasajeros más a bordo. Salieron de nuevo por la taberna, cargados hasta los topes de bolsas, mientras las hermanas llevaban las cosas de los gatos. Atravesaron el arco de piedra y se subieron al coche. Por fin, de vuelta a casa.