Lía estaba maravillada, había cientos de brillantes escaparates y la gente más extravagante que pudieses imaginar. Algunos iban con escobas, otros con sapos en el hombro, otros con el pelo rosa chillón… Más le valía a Lía no separarse de sus padres, ni de Allana. Su madre se sacó del bolsillo la hoja con el material y la leyó de nuevo, echó una rápida ojeada al callejón y le dijo a su padre, lo que Lía pareció entender: “Mejor que vayamos primero a Flourish y Blotts, ¿no?” Su padre asintió y empezaron a andar por el callejón hacia la mencionada calle. Lía y Allana miraban todos los escaparates que podían; en uno había libros que levitaban, en otro unas siniestras lechuzas que lo miraban todo con atención y en otro unas brillantes escobas voladoras. Llegaron a lo que parecía una librería en la que había un gran cartel que anunciaba “FLOURISH Y BLOTTS” entraron, haciendo sonar una campanita, la tienda también tenía bastante gente, pero muchísima menos que en el callejón. Lía estaba completamente maravillada, había montañas de libros que llegaban hasta el techo, polvorientos volúmenes entre los que se paseaba la gente curiosa, todas las paredes repletas de ellos. Sus padres se acercaron al mostrador, donde había un sonriente hombre, dispuesto a atenderles. Su padre comenzó a pedir sus libros, Lía siguió mirando los títulos, algunos decían cosas como: “Cómo hechizar a un mago”, “Cómo hacer germinar un lazo del diablo sin morir”, “Cómo hacerte animago en 3 meses sin esfuerzo” o “Antiguas Leyendas Mágicas” Cuando Lía se volvió a girar hacia el mostrador, se sorprendió, porque, de pronto había una montaña de libros en frente suya. Multiplicada por dos. Entre su padre, su madre y el tendero empezaron a meter los libros en bolsas. Se preguntaba cómo iban a cargar con todo eso. Sus padres cogieron las bolsas de papel cómo si no pesasen nada, pagaron al tendero y salieron de la tienda. Seguían con las bolsas como si fuesen simples bolsas de supermercado. Siguieron andando por el callejón, iban a ir a la tienda de pociones. Después de unos minutos más andando, llegaron a una gran tienda llamada “El emporio”
- Mami, ¿es aquí?
- Sí, Allana. Aquí os vamos a comprar los calderos.- respondió su madre
- ¡Entremos ya!- dijo Lía entusiasmada.
Entraron a la tienda, llena de tarros, calderos y cosas humeantes. No estaba muy iluminada, se acercaron a el mostrador a por los calderos y los utensilios. Lía y Allana estaban muy juntas, aquella tienda era siniestra. Cuando salieron, les era agradable volver a ver el sol de la mañana, ya era casi mediodía así que fueron a la, según sus padres, la mejor heladería del mundo mágico. Se sentaron en una pequeña terracita, una mesa con sombrilla y Lía miró la carta, al igual que Allana. Había de todos los sabores conocidos y más: Doble de caramelo y nata, Sorbete de valeriana con virutas de limón, Helado de anís con menta… Lía pidió el helado doble de caramelo y Allana pidió un helado de turrón con chocolate blanco, sus padres pidieron una limonada. Lía cogió la pequeña cuchara de plata que había en su copa de helado. Cogió un poquito y lo probó. Era, sin lugar a dudas el helado más delicioso que había probado, se deshacía en la boca, impregnando hasta la última papila gustativa, dejando la boca impregnada de aquel delicioso helado. Miró a su hermana, que estaba degustando su helado de turrón. Se miraron y empezaron a comer su helado con avidez. Cada cucharada impregnaba sus lenguas con un delicioso sabor. Terminaron todos de comer, pagaron y se levantaron, no sin antes coger las bolsas, para seguir su paseo por el callejón Diagón.
- Creo que ahora deberíamos ir a Madame Malkin, para vuestros uniformes.- dijo su madre
- ¿Es una tienda de ropa, mami?- preguntó Allana
- Sí Allana. Vayamos por aquí.
Siguieron andando durante un tiempo, hasta que por fin llegaron a Madame Malkin. No había mucha gente dentro, salvo un par de clientes y una anciana, que, como supuso Lía, era Madame Malkin. Les entregó unas túnicas negras a los clientes y se marcharon, se acercó a la familia.
- Bien, túnicas para estas dos jovencitas, ¿cierto?- preguntó escrutándolas a través de sus gafas.
- Exacto- respondió su padre, sonriente
- Bien, creo que me quedan unas túnicas por ahí atrás… ¿Quieren también las capas reglamentarias?
- Si, por favor.
Madame Malkin volvió con un montón de tela negra y les tomó la medida con una cinta métrica que se movía sola, se colaba por todos lados, midiendo y midiendo. Al fin, se pusieron unas túnicas que les iban como anillo al dedo, luego se probaron unas capas más abrigadas con unos brillantes botones. Al fin salieron de la tienda, con las túnicas puestas, su próximo destino era el que Lía y Allana más esperaban: La tienda de varitas. Anduvieron un buen trecho hasta llegar, la tienda no tenía en el escaparate más que una varita sobre un desteñido cojín morado y un cartel que rezaba “Ollivander, haciendo varitas desde el 382 a.C.”. Entraron haciendo sonar una campanilla. Era un lugar pequeño y vacío, con una silla alargada. Había cajas apiladas cuidadosamente hasta el techo, todo estaba en silencio y el polvo flotaba en el aire.
- Buenos días.- dijo súbitamente una amable voz, Lía se giró y vio a un hombre anciano en la tienda, tenía ojos grises, al igual que su cabello
- Oh, buenos días.- saludó su madre
- Veo que estas dos pequeñas necesitan una varita, ¿no?- dijo, sonriendo a las gemelas
- Sí.- respondieron las dos al unísono.
- Bien, aún recuerdo cuando viniste tú a por tu varita, Elizabeth. Roble, veintisiete centímetros, pelo de unicornio, flexible. Perfecta para encantamientos.- su madre sonrió.- En cambio, tú, Michael, escogiste una de haya, treinta y tres centímetros, elástica, pluma de fénix. Una buena varita, sin duda.- su padre también sonrió- Ahora vosotras dos, empezaré por ti, señorita.- dijo clavando sus grises ojos en Lía.
Fue hacía un escritorio, al fondo de la tienda y comenzó a sacar cajas. Sus padres le indicaron que se acercaran a el escritorio.
- Prueba ésta.- le dijo a Lía tendiéndole una varita.- veintiún centímetros, caoba, rígida.- Lía la cogió- Venga, blándela.- Lía agitó la varita, sintiéndose increíblemente estúpida, Ollivander se la quitó de las manos y le dio otra.- Roble, treinta centímetros, pelo de unicornio.- también se la quitó y le entregó otra, cuando se la entregó, Lía sintió un calorcillo en los dedos- Sauce, treinta y un centímetros, bonita y flexible, fibras de corazón de dragón.- Lía la agitó e hizo salir de ella unas chispas doradas, sus padres y su hermana comenzaron a aplaudir y Ollivander sonrió.- Hemos encontrado tu varita, señorita. Ahora tú.- dijo mirando a Allana.
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